The Soul Jacket hervía los nervios de la Independance. Poco queda de la antigua escena de música negra madrileña, pero quedamos los adeptos. Los adeptos, los puretas, los sensibleros, o como nos quieras llamar. Pero aún somos muchos y, cuando The Soul Jacket convoca, acudimos.
🖋️y📸: Bárbara Téllez (@BbEmergentes)
Los tengo puestos ahora mismo mientras escribo. Voy repasando mis notas, las fotos y lo revivo todo otra vez. Voy a muchos conciertos, pero esto es volver a casa. The Soul Jacket es agua. Poderosa y a la vez delicada. Es subir y bajar dejándote llevar por las olas.
Algunas olas van a acariciarte los pies. Van a refrescar tus sentidos y a salpicarte los pantalones. A hacer que quieras tumbarte y dejar que se te moje el pelo. Otras van a golpearte y a hacerte temblar. Van a pesarte en el pecho y a la vez te van a empujar y a hacerte perder el equilibrio.
Así es un concierto de The Soul Jacket. Como las olas. Y tú… tú te dejas llevar.
Postconcierto: The Soul Jacket en 30 segundos
Estábamos listos para el concierto, pero salimos sorprendidos. Tal vez porque dejar que la música te cale hasta los huesos siempre te revela cosas que no sabías. Tal vez porque hacía mucho de nuestra última vez con The Soul Jacket y se nos había olvidado.
The Soul Jacket igual te arruga como un papel descartado, roto de dolor, que te hace un avión y te lanza a volar. Ahí la gracia, ¿no? Las dinámicas y la transición de la balada al baile… y vuelta a empezar.
Pues así fue. Comenzamos mecidos por la intro de “What we should change” y terminamos con el ritmo de “Declaration of intentions” metido en el cuerpo. Entre medias, el funk de “Let me stand”, las cadencias de “Don’t tell” y algún que otro regalito en forma de cover.
No me acordaba yo de lo que me gusta una banda guitarrera. Guitarrera bien. Con clase, pero con fuerza. Que se apoya en un bajo firme y en teclados juguetones. Que golpea y rompe sobre los golpes de la batería. No es bailar lo que estoy pensando. Es más profundo y más pesado.
Y esa voz… No es que yo fuera cantante y me guste a mí una buena voz, ojo. Una es honrada y despiadada y eso la obliga a ser imparcial con los instrumentos. ¡Pero qué voz! Se rompe sin soltar las riendas. Se estira o se corta de un tajo y te lleva donde quiere.
Lo voy a decir otra vez: Un baile y una balada. Como las olas. Y tú… tú te dejas llevar
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